Cómo “desaburrir” una clase

Este artículo está dedicado a todos esos profesores, orientadores, directivas y asociaciones de madres y padres que cada día hacen algo a lo que no están obligados. A todos ellos mi agradecimiento, respeto y admiración.

Hace algunos años que mis queridos amigos, los profesores de educación secundaria, Miluca R. Eiris, Marysé Vázquez y Luís Freire, vienen pidiéndome que desarrolle un taller que, aplicando mis conocimientos de liderazgo, persuasión y comunicación, apoye a su colectivo en el diseño y ejecución de clases que incrementen el interés de los adolescentes. Con su revisión y valoración del primer borrador de este artículo, la orientadora y escritora Ana Torres Jack  me animó en ese camino.

Siempre me negué por pudor y por prudencia. El pudor me advertía que sería osadía, si no soberbia, pretender enseñar a quien lleva toda una vida profesional haciendo lo que yo vengo haciendo menos años. La prudencia que aunque efectivamente el nivel de satisfacción de los alumnos y las felicitaciones de los profesores han sido unánimes tampoco era muy consciente de cuál es el “secreto” para lograr lo que dicen que logro.

Sé que tengo a mi favor los contenidos. Es evidente que no es lo mismo dar clases de inteligencia emocional, debate, liderazgo o valores que de logaritmos, placas tectónicas, la tabla periódica o la Atenas de Pericles. El contenido académico claramente favorece o dificulta ( que no imposibilita ) la utilización de determinados recursos.

También es diferente que los alumnos te vean todos los días a que seas un bocado fresco que prueban una vez cada dos semanas, una vez por mes o una vez por evaluación, que son los periodos de colaboración que asumo con los institutos.

En mi contra creo que juega el que no tenga autoridad formal sobre ellos, que mis clases no les computen para nota y que, contrariamente a lo que les sucede con el resto del profesorado, sean conscientes de que tienen cierto grado de poder sobre mi ya que su insatisfacción, o la de sus padres, podría lograr que el centro prescindiese de mis servicios. Son tres parámetros de gestión que tienen su peso y que me obligan a fiarlo todo al interés que sea capaz de generar en el aula.

Contratan mis servicios las directivas, las ANPA y los ayuntamientos, que son parte del tribunal que juzga mi trabajo, pero yo me debo a lo que sea capaz de lograr con las emociones, la autoestima y los valores de los jóvenes por lo que su opinión o evolución hacen que ellos sean, a mi juicio, los presidentes de dicho variopinto tribunal.

Asumiendo todo lo comentado creo que por fin he llegado a descubrir el método para “desaburrir” mis clases por lo que hoy me atrevo a compartir mi experiencia. Que te parezca importante o irrelevante que una clase sea aburrida o no ya no está en al ámbito de influencia de este artículo.

¡Vamos allá!

Lo primero que hago es iniciar la clase de una forma absolutamente contraria a lo que aconsejaría el sentido común. En ocasiones, los profesores me comentan que les gustaría que sus alumnos estuviesen más tranquilos y relajados. Yo lo que intento es ponerles histéricos y que tengan una descarga emocional que les active para afrontar una clase que va a ser interesante, enriquecedora y divertida.

Intento “desaburrir” la clase, es decir, quitarle el sambenito de que esta tiene que ser un peñazo, lo mismo que ir al dentista tiene que ser doloroso.

El objetivo del primer día es ganarme su simpatía, que lo pasen bien y que me cataloguen como un tipo raro con quien van a disfrutar de una clase diferente, agradable e interesante.

¿Cómo lo hago? Les explico las tres reglas de oro de mis clases y las vamos aceptando con una votación a mano alzada buscando que se comprometan públicamente con ellas.

La primera regla es que pueden interrumpirme cuantas veces quieran. Sorpresa, votación y acuerdo unánime.

La segunda regla consiste en que pueden hablar entre ellos si así lo desean y que yo no les pediré nunca que se callen. Con este anuncio las mandíbulas son presa de la fuerza de la gravedad mientras los ojos pugnan por abandonar las cuencas. Miradas de incredulidad entre ellos, sonrisas histéricas, votación y acuerdo.

La tercera y última regla consiste en que en el momento en que alguno de sus compañeros pida silencio comprometen públicamente su palabra en callarse. Votación y acuerdo unánime.

La forma que he creado para la solicitud de silencio y que no lo pidan ellos mismos a gritos, consiste en que quien lo desee levante sus manos sin decir nada, como si estuviera siendo atracado porque le están robando la clase. Acto seguido, todos los que deseen que se inicie el silencio levantan sus manos y yo hago de espejo suyo, también callado. Los que están hablando han comprometido su palabra en callarse en ese momento.

La regla del silencio no siempre se cumple con facilidad, pero quien no la respeta siente que toda la clase está autorizada para recriminárselo y te aseguro que se lo recriminan sin que yo tenga que hacerlo. Es más, no será la primera vez que tengo que mediar para que no apabullen al infractor.

Una cosa que busco con ahínco desde el primer día es convertirme en un referente para los alumnos porque, como dice Miluca, aprender de alguien a quien no se admira complica mucho el proceso.

El segundo día, según entro, les digo que voy a salir y a volver a entrar y que tienen que recibirme como si entrase su ídolo más admirado: Cristiano, Beyoncé, Belén Esteban… Quien ellos quieran. ¡Te puedes imaginar la entrada! Gritos, aplausos y silbidos que se escuchan en toda la planta del instituto.

El tercer día, a las clases que no me reciben de forma espontánea con aplausos les digo que voy a salir y volver a entrar y que me tienen que recibir como yo me merezco para que les dé una clase como ellos se merecen. ¡Ya la hemos liado! A partir de este día siempre me reciben de la misma forma. Cuando no lo hacen se lo vuelvo a pedir.

Alargo el momento de la algarada saludándoles como si fuera una estrella y procuro que los más inquietos den rienda suelta a toda su energía. Les dejo que se pongan en pie y que se muevan lo que quieran. Les choco las palmas e incluso salto como si estuviera en un concierto. Es una algarabía que dura generalmente unos segundos en los que sueltan mucha energía a la vez que se cargan de forma positiva.

El resultado es que se relajan y que tanto ellos como yo comenzamos la clase con una sonrisa Duchenne y con cierta complicidad que nos une.

Dejo que se vayan descargando. No digo nada, no pido silencio, simplemente me quedo quieto serenando mi comunicación corporal y mi rostro hasta que este va abandonando la sonrisa para quedarse en una cara alegre, pero serena y relajada.

Ellos mismos, sin que yo tenga que decirles nada, se van relajando y callando y lo hacen bastante rápido. Yo creo que todo el proceso no llega a durar ni un minuto, aunque sea muy intenso.

Cuando han llegado al silencio absoluto paso a la fase siguiente, que es la forma en la que comencé mi clase ya el primer día, antes siquiera de decir mi nombre, que consiste en contarles una historia. Si, un cuento. Un “Érase una vez…”, un “Hace muchos, muchos años…”. Una parábola que intento contar como si fuera un narrador profesional utilizando toda mi capacidad paraverbal. Es decir, enfatizo, utilizo silencios y pongo la voz grave y gutural a la vez que hablo muy despacio.

Mientras cuento la historia están como hipnotizados. Atentos, callados y concentrados en la narración. Es algo completamente contrario a la fase previa de la histeria. Creo que esta fase sería semejante a hacer con ellos yoga o mindfulness. Muchos han comentado que les encantan estas historias.

El recurso de contar historias lo utilizo también en mis talleres a directivos y profesionales y siempre logra un gran impacto. Solo llevamos unos 5.000 años de escritura. Antes, lo que utilizábamos para mantener las tradiciones y consolidar el conocimiento eran las historias por lo que estamos programados para prestar atención cuando empezamos a escuchar una. Incluso las religiones siempre utilizaron el relato breve para transmitir su mensaje: El pagano la historia mitológica, el cristiano la parábola o el musulmán el hadiz.

Una vez he finalizado el cuento les pido que compartan cuál es a su juicio la moraleja del mismo. En ocasiones, a través de este diálogo surgen debates imprevistos muy interesante en los que profundizo, o no, dependiendo de mi interés en ese momento. Por ejemplo, si surge algo que me permita entrar en el acoso al diferente, el machismo, la violencia o el alcohol y las drogas casi siempre me zambullo en el Pisuerga.

En el momento del debate normalmente saco a un par de chicos al encerado para que vayan apuntando en el mismo las ideas que van surgiendo. Suelo alternar entre los más inquietos y los más reservados de la clase. A los primeros para que se relajen con la participación y a los segundos para que se vayan acostumbrando a estar en el centro de atención. La idea es que sientan que su participación es importante para “desaburrir” la clase y que valga la pena.

Me muevo por el aula y utilizo todo lo que puedo mi comunicación no verbal buscando que la clase sea percibida como interactiva y dinámica a la vez que detectan en mi un cierto grado de pasión por el tema que estamos tratando y de interés por sus ideas. Utilizo mucho el humor, el sarcasmo y el doble sentido y tengo que decir que les encanta y lo pillan todo.

Sin excepción, fortalezco la participación y procuro que se sientan bien durante todo el desarrollo de la clase. Quiero que asocien mis clases a un momento de serenidad y de paz interior. Aunque digan algo equivocado e incluso impropio no les censuro por ello sino que busco la manera de sacarles de su posición sin que su ego salga herido. Es la fase de la tolerancia, de la paciencia y del empoderamiento del participante para ir deshaciendo las resistencias del no participante.

La historia ha sido seleccionada para ir llevándoles hacia el contenido de ese día y que me permita ilustrar de forma indirecta y no moralizadora lo que quiero tratar. No me sirve cualquier cuento al azar sino que tengo que invertir tiempo en la búsqueda del que me permita entrar bien en el tema. Incluso he creado una historia para tratar dos temas candentes al tiempo, como son el acoso y la motivación y la valentía para la autodefensa: El mordisco de la araña.

Por último, en los minutos finales de la clase enfatizo sobre qué quiero que se lleven ese día para sus casas y aquí es donde meto toda la pasión que el asunto requiera. El impacto emocional de escuchar apasionado, en momentos indignado, a veces esperanzado a quien hace unos minutos han visto saltando y riéndose con ellos creo que les marca más profundamente.

Para mi, la clase es una oportunidad para escribir con tinta emocional en el espíritu y la ética de los ciudadanos que tendrán el privilegio de pagar mi jubilación.

Hago más cosas,  también me apoyo en vídeos o canciones y utilizo muchos otros recursos, pero estos sencillos pasos creo que son los que logran “desaburrir” mis clases y que los chicos perciban que el proceso de aprendizaje pueda ser entretenido, alegre y divertido a la vez que, espero, instructivo.

Y colorían colorado este cuento se ha acabado.

Centros de formación del profesorado y de innovación educativa del mundo, me gustaría contaros una historia.

“En un reino no tan lejano, hace muchos, muchos años, un ya no tan joven profesor se dio cuenta de que hacía tiempo que no se reía en sus clases. Alarmado le preguntó a su pareja, con quien llevaba toda una vida de convivencia, si creía que con el transcurrir del tiempo podría haberse convertido en…”

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