La transición de fase. Una teoría para clasificar conferencias y conferenciantes
Hasta que comencé la redacción de “El cliente ha muerto… ¡Viva el cliente!” yo evaluaba la forma de comunicarse de un profesional con el típico: me gusta, pssssé o no me gusta. Sin embargo, en el proceso de investigación y reflexión para escribir la obra alumbró una teoría que denominé la transición de fase.
La transición de fase permite clasificar tanto a una ponencia como a un ponente y, sobre todo, lo que permite es saber de antemano qué debemos hacer dependiendo de los objetivos o propósitos que tengamos para nuestra próxima conferencia, reunión comercial, entrevista o momento en el que vayamos a transmitir algo a alguien.
También abunda en las importantes diferencias entre comunicar buscando cumplir objetivos a hacerlo con un propósito, pero ese no es el ámbito de este artículo.
En este artículo explicaré brevemente la transición de fase para que puedas clasificar a una conferencia o a un conferenciante y analizarte a ti mismo, para saber qué tienes que hacer en caso de querer llegar a otro nivel en tu comunicación.
El primer tipo de conferenciante al que nos vamos a referir es a ese que basa toda su conferencia exclusivamente en datos, informes, estudios, encuestas, experimentos o estadísticas. Si es un buen profesional esa información será veraz, de fuentes solventes y actualizadas. A este perfil le gusta nombrar las fuentes y espera, de forma inconsciente, incrementar su propio prestigio profesional en base a la mención de dichas fuentes lo que, como ya comenté en otro artículo, suele suceder con excepción de cuando esté ante verdaderos expertos. Los expertos suelen admirar más a los creadores que a los documentalistas.
Este es un tipo de conferenciante que si le preguntasen de qué quiere convencer al auditorio, muy probablemente diría que él no quiere convencer a nadie de nada. Él solo busca informar y después que cada quien llegue a sus conclusiones. Piensa que intentar convencer a los demás le puede poner en una situación incómoda; los oyentes pueden llegar a creer que tiene intereses espurios.
Para mí este es el ponente sólido. Alguien que necesita sentir la seguridad de la evidencia científica bajo sus pies. Alguien que necesita fuentes incontestables o, en todo caso, saber que si existen discrepancias el debate será sobre las fuentes y no sobre él. Es alguien que necesita sentir los átomos muy juntos entre sí para no sentirse incómodo. Es esa persona que en muchas ocasiones expone como una fortaleza personal la búsqueda de la evidencia científica frente a “los vendedores de humo”.
El ponente sólido se preocupa casi exclusivamente del mensaje, del contenido. Está centrado en el Qué.
El siguiente ponente es aquel que, bebiendo de las mismas fuentes técnicas que el sólido, utiliza los datos para hablarle al auditorio de beneficios y consecuencias. Es alguien que se preocupa por conocer con detalle la composición, inquietudes y necesidades del auditorio y que busca sintonizar con ellas. Es alguien que asume ciertos riesgos porque en la valoración de los datos pone algo personal, algo suyo que puede ser aceptado o rechazado por los oyentes.
El conferenciante líquido, además de hacer la misma labor de documentalista que hace el sólido, es alguien que se ha preocupado de conocer técnicas de comunicación para llegar mejor a las personas o que, por su propia naturaleza, es alguien con una gran empatía y sociabilidad. Es capaz de aceptar que su ponencia implique cierto riesgo porque sus átomos ya están más dispersos aunque, como elemento líquido que es, sabe moverse entre las paredes del recipiente que forma su auditorio.
Gran parte de los ponentes líquidos utilizan de forma magistral el sentido del humor. Saben, así sea de forma subcortical, que la risa en la vida, pero muy especialmente en la comunicación es un auténtico superpoder. También saben que el humor tiene variantes muy amplias más allá de saber contar bien chistes y que el doble sentido, el sarcasmo o la ironía pueden ser recursos comunicativos muy efectivos.
Otra cualidad del conferenciante líquido es que son personas que con frecuencia utilizan muy bien su comunicación no verbal. No solo tienen un buen mensaje sino que utilizan su voz y su cuerpo para acompañarlo y potenciarlo.
El ponente líquido además de qué transmite se preocupa también de cómo construye su mensaje. Añade al Qué el Cómo.
Y el último tipo de ponente es, como habrás adivinado, el comunicador gaseoso. Esta es una persona que además de consultar las fuentes técnicas que consulta el sólido, además de la empatía del líquido y en ocasiones del dominio de sus habilidades no verbales, es alguien capaz de asumir el riesgo que significa exponer una teoría propia y que, por lo tanto, asume que puedan ponerle a él mismo en tela de juicio.
El ponente gaseoso acepta que para una parte del auditorio pueda convertirse en humo -así le denominarán algunos sólidos-, pero que eso vendrá compensado por la parte para la que se convertirá en esa esencia capaz de inspirar un cambio, en ocasiones profundo y definitivo.
Hay tres tipos de comunicadores gaseosos.
Los primeros son aquellos que basan su comunicación en experiencias personales traumáticas y dolorosas o exitosas y placenteras que causan admiración, asombro o directamente envidia. Los supervivientes de cualquier tipo de situación extrema como accidentes, enfermedades o secuestros o los empresarios de éxito, deportistas olímpicos o campeones del mundo pueden estar en este primer tipo de ponente gaseoso. Por ejemplo: Fernando Parrado, el superviviente del famosísimo accidente de avión de los Andes, Albert Espinosa, Steve Jobs o Rafa Nadal pudieran estar en este epígrafe, por lo menos por el tipo de experiencias vividas.
Los segundos son aquellos que, además de dominar las fuentes técnicas del sólido y las habilidades sociales y comunicativas del líquido, se preocupan por cultivar su criterio bebiendo en la literatura, en la filosofía, la historia, el arte o la música. Son personas comprometidas consigo mismas para intentar sentirse -a sus propios ojos- interesantes. Persona con el atractivo de la cultura y el carisma que aporta la inteligencia cultivada que permite ser capaz de ver la vida como una secuencia de experiencias que vale la pena no sólo vivir y disfrutar, sino también analizar y compartir. Son aquellos que saben que tan importante como seguir buscando nuevos conocimientos es ser capaz de hacer algo útil con los que ya tenemos, que no son pocos. Son esos que cuando abren la boca uno percibe que debe cerrar la suya y prestar atención porque se crea la sensación de estar ante un sabio. Aquí personalmente pongo al actual Presidente de la RAE Darío Villanueva o al tristemente desaparecido y muy querido amigo y guía personal Armando Fernández-Xesta.
Y el tercer tipo de comunicador gaseoso es aquel que a las experiencias vitales extraordinarias suma una inversión en inteligencia cultivada a través de la cultura tampoco menor. Aquí, aunque no sea mucho de mi cuerda personal, podrían estar personas como Arturo Pérez Reverte que claramente aúna ambos aspectos: vida intensa y cultura trabajada.
El ponente gaseoso además de preocuparse del qué y del cómo tiene un Por qué. Es alguien que lleva un propósito con su comunicación. Alguien que sabe qué desea dejar como legado y lucha por él aún sabiendo que es imposible alcanzarlo en su totalidad. Trabaja Qué dice, domina el Cómo, pero además tiene un Por qué.
En resumen:
El ponente sólido es alguien que informa y que puede hacerlo muy bien, pero también es alguien que podría ser sustituido por un e-mail.
El conferenciante líquido, además de informar, busca sintonizar con las inquietudes de la audiencia y se preocupa también de cómo transmitir su mensaje; tiene en cuenta a las personas.
El orador gaseoso es ese que busca persuadir e inspirar un cambio en el oyente. Es alguien tan comprometido con las personas y con su mensaje que no oculta su interés en intentar convencernos, implicándose personalmente en ello.
Creo, en este punto, conveniente aclarar que cualquiera de los tres estados puede ser desarrollado de forma acertada o errónea y que con el gaseoso el público será más exigente.
El gaseoso, si no ha hecho una buena labor de documentación y análisis potente, será considerado “humo”. El líquido no pasará de ser un chistoso sin gracia y si el sólido no hace bien su labor el auditorio dirá que no se ha documentado correctamente.
Para llevar una conferencia hasta el estado gaseoso hay que desarrollar muy bien la exposición y el análisis de los datos previos a la exposición del mensaje y la llamada a la acción.
La transición de fase, según el segundo principio de la termodinámica, exige energía para cambiar de estado. La energía que utiliza el ponente sólido es la imprescindible para no menoscabar su propia reputación. Para llegar a líquido el esfuerzo que hay que hacer es mayor y para convertirse en gaseoso, el compromiso con el cultivo de la propia personalidad y con las experiencias de vida es permanente.
Y por último, si has llegado hasta aquí es normal que estés pensado qué tipo de ponente eres, pero has de saber que según esta teoría el emisor no es quien pone o quita el estado. El receptor es el único juez valido de la comunicación por lo que para una parte del auditorio has podido llegar a ser gaseoso inspirando un cambio, para otra parte has podido ser humo y para otra es posible que te hayas quedado en líquido. El resultado dependerá de muchos factores y aunque el emisor es claramente el más importante no es el único. Solo el comunicador sólido sabe que lo está siendo y ahí es donde se quiere quedar como muy bien sabe el exministro don Pedro Solbes.
En el siguiente vídeo puedes ver una conferencia sobre la transición de fase impartida en el salón de actos de la Fundación Barrié.
[si quieres aprender a hablar en público de forma persuasiva quizás pueda ayudarte]